2 ago. 2009

Una nota...

Sentirte contagiado de la alegría de los gitanos dentro de una plaza de toros en la España del siglo XIX, sólo con oír una pieza, es algo excepcional. Casi que sientes las rosas rozándote la cabeza mientras son lanzadas al triunfador de la arena, ser que puedes odiar por su oficio, pero lo olvidas cuando empieza la música. Llorar por la tragedia de una mujer excomulgada por quedar embarazada siendo soltera en la Italia de finales del siglo XIX, sólo con escuchar el intermezzo de la ópera, te revela cuánto amor sientes por ese arte tan transparente y completamente sincero que es la música, esa que muchos llaman “la verdadera música”. Ella no miente.

Cada vez que escucho una canción me transporta a las circunstancias que describe, sean tristes o alegres, e independientemente del estado de ánimo que me embargue. Las notas alimentan mi alma, la van llenando de paz hasta que la armonía es incontrolable, y surgen de mí cargadas de más vida que cuando entraron. Ellas me poseyeron y ahora yo las manejo a mi antojo, las saboreo mientras salen, siento sus vibraciones, y soy feliz.

Tonos, semitonos, esos bemoles y sostenidos que a veces me hacen doler la cabeza por su dificultad, una vez dominados traen consigo una satisfacción que no logro comparar con ninguna otra. Manejarlos es lo que hace que un día haya valido la pena, sin importar que hubiera pasado antes o después.

Creo que ha llegado la hora de leer la vida como la más bella de las melodías. Sin necesidad de tener la partitura en la mano, es el momento de cantar piano los miedos y fortíssimo los sueños, hacer un descrecendo en las dudas y vivir.

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