2 ago. 2009

El dinosaurio

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.”
(Augusto Monterroso, “El dinosaurio”)



Él no sabía como había llegado allí, ni por que lo veía.

Llegó a creer que se trataba de una especie de castigo, ¿pero todo eso sucedía sólo por haberle cortado la trenza a Juliana en el colegio? ¡Es que sólo él lo veía!

Esa noche no durmió. Ver a su inmenso y extraño huésped comerse la planta de la jaula donde vive su iguana Rocky, sin duda ocupaba toda su atención. Tampoco entendía por qué iba con él a la escuela, y mucho menos como llegaba antes que él, y es que, ¿cómo semejante criatura entraba por la puerta del salón de clases, si ocupaba casi todo el espacio libre de su cuarto con su cuello tan largo?

El pobre chico estaba desconcertado. Tenía ya varios días en vela, en un momento pensó que su imaginación le hacía una jugarreta por la falta de sueño. Así que decidió tratar de dormir.

Durmió profundamente durante largas horas, y casi se despierta tarde para ir al colegio. Salió disparado de la cama sin siquiera pensar en algún extraño de cuello largo; después, se alistó con una rapidez como la de Rocky corriendo cuando le llevan mango.

Estando listo ya, uniformado y peinado de una manera tan impecable —cosa que sin duda sorprendería a su maestra, siendo tan extraño en él tener el más mínimo orden—, justamente en el momento en el cual abre la puerta de su cuarto para bajar a desayunar, sus ojos, excesivamente agrandados, no daban crédito a lo que veían: un extraño pero conocido personaje gris de cuello largo acostado en el pasillo, el cual alza la cabeza y le dice con voz perezosa: “Sebas, hoy es sábado”.

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