2 ago. 2009

¡Ajá!

Es extraño verlos desde aquí haciendo lo que hacemos todos los días. Las ganas de unírmeles me invaden, pero me controlo. No puedo. Tengo que escribir.

Lentamente mueven la cabeza haciendo círculos alrededor de su cuello, abren la boca cuando van hacia atrás. Cierran los ojos. Poco a poco deja de existir el trabajo que no se entregó, el profesor que te llamó vago, el grito de mamá antes de salir, el dolor de las piernas por haber bailado tanto el sábado, el hambre de las doce del mediodía… Se relajan, se relajan… Suena un “¡ajá!”, y se acaba el trance.

Los dedos del dueño del “¡ajá!” cabalgan por un suelo blanco agrietado, interrumpido en cada cierto número de grietas por angostas y alargadas mesetas negras. Cada pisada es un sonido que recorre todo el salón, recorre el aire, entra por los oídos de las cabezas antes giratorias y las recorre hasta llegar al oído de su alma, donde se transforma y busca emerger por la boca abierta de par en par. “Muchachos, así no, si no les sale del corazón, que les salga de las tripas.” Y sale al fin el sonido, pero no con el anterior golpe de la pisada, sino con la suavidad de quien sale de una cueva luego de merodear en sus entrañas, o sus tripas.

Todo se vuelve sonido. Todos dicen lo mismo, pero con diferente entonación y melodía. Todo es polifonía. Sentaditos con la espalda recta y las nalgas en la orilla del asiento, las plantas de los pies son uno con el suelo. Regina coeli laetare resuena en el salón. “Los ángeles bajaron” dicen algunos, sonrientes. “Qué estarán cantando ahora…” dicen otros, mientras se apretujan para ver al “bomboncito” del periodiquito. Reaparece la voz, esa del “¡ajá!”, emite sonidos pero no son un “¡ajá!”, son un “ok muchachos, está afinado, ahora háganlo bonito, ¡por favor!”

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