2 ago. 2009

Por una cotiza♪

¿Alguna vez se han preguntado qué inconvenientes puede tener un estudiante de Letras a la hora de conseguir un libro?

Ya sea porque lo necesita académicamente o sólo porque siente el deber de tenerlo, estas cosas seguro sólo te suceden si estudias Letras en Maracaibo.

Cuando Luciana me dijo que la acompañara a comprar un libro en la tarde, de pensar que estaría sin almuerzo hasta quien sabe que hora se me quitaban las ganas de ir, claro, hasta que supe de que libro se trataba: nada más y nada menos que de “Cartas a un joven poeta” de Rainer María Rilke, ese librito que hace que le agarres un amor entrañable a la fotocopia que tienes de él en la carpeta. En fin, salíamos del ensayo con el orfeón universitario, y le pedí que primero me acompañara al banco, dentro del cual estábamos cuando empezó a llover como si se hubiera roto el tanque del cielo. Esto no nos hubiera molestado si ese día en particular no hubiéramos decidido ir a clases vestidas como estábamos: ella con una franelilla y yo con una blusa blanca un tanto transparente, de esas que si se mojan no dejan nada a la imaginación.

Después de la odisea que significó tomar el bus que no era y tener que volver a mojarnos para embarcarnos en el bus que sí era, del otro lado de la calle, logramos llegar a salvo a la intersección de la avenida Bella Vista con Cecilio Acosta, a una escasa cuadra del Centro Comercial Costa Verde. ¡Nada más faltaba una cuadra! Pero claro, no fue tan fácil como se lee, sino el relato no tendría gracia (si es que al final la tiene), y es que quien conozca esa zona de Maracaibo sabe que cuando llueve pareciera que el Orinoco atravesara la ciudad a través de Cecilio Acosta, y por supuesto, nosotras teníamos que atravesarlo para llegar a la librería.

Después de varios intentos fallidos por conseguir una “cola” que nos llevara solamente hasta el otro lado de la calle, decidimos terminarnos de mojar, total, ¿qué más daba? Sólo nos faltaba el jabón.
Tratamos de buscar la parte menos honda del torrente, y, suertudas nosotras, conseguimos que el agua nos cubriera aproximadamente hasta 10 centímetros por encima de los tobillos. Mientras chapoteábamos en la corriente, ya en la mitad del torrente, de repente sentí como sacaba un pie descalzo de la corriente, y al voltear pude divisar a la sandalia que una vez fue mía, con complejo de Magallanes, navegando calle abajo, seguramente con muchas ganas de volver a la universidad porque a los segundos ya no la podíamos ver. Al verme con un solo pie calzado, decidí dejar a la compañera de la escapada ingrata, y caminar descalza esa escasa cuadra.

Fue una hazaña divertida, y sin duda un día diferente: la gente mirándome como a un extraterrestre –bueno, eso no es tan diferente, pero al menos se que esta vez me miraban raro porque iba descalza-, las caras incrédulas de los empleados de la zapatería al ver llegar a una clienta descalza –y es que debe ser extraño ver a una mujer comprando zapatos por verdadera necesidad-, las risas y las fotos entre Luciana y yo…

No hubiera sido tan malo, de no ser porque los dos últimos ejemplares del libro se habían vendido ese mismo día en la mañana.

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