2 ene. 2011

El cuenta gotas

            Las gotas no hacen cosas drásticas, aparte de caer.

            Bebes una cerveza ‘light’ mientras oyes música que no fue escrita para ti, iluminado por la luna del estacionamiento que está al lado de la habitación que arriendas a un precio ridículo. La luz entra por la ventana y da directo sobre tu cabeza, que reposas en el espaldar de la silla que te presto la casera. Escribes con palabras que te enseñaron, en las hojas del cuaderno de esa compañera de clases de quien nunca recuerdas el nombre, pero sabes que empieza por Y. El lápiz también es de ella. Como odias lo que escribes arrancas la hoja, la arrugas y la echas en la papelera del vecino, porque, además de otras cosas, no tienes ya vergüenza.

            Abres la nevera de tu madre, destapas otra de sus cervezas y, mientras la bebes, la computadora portátil de tu hermana anuncia que algo se actualizó. No le prestas atención, pues estás viendo la cerveza. Una gota rueda por un costado de esa fría presencia que ocupa tu mano –sí, tu mano, esa si que es tuya-, y piensas que podría ser perfectamente una metáfora de lo que es tu vida en este preciso instante. Decides no hacer nada al respecto, porque las gotas no hacen cosas drásticas, aparte de caer, por supuesto. Desde luego, tú no tienes una botella por donde rodar.

            Aprovechando que el vigilante duerme, entras al estacionamiento de al lado. El edificio-viuda –pues solo tiene gatos desde hace unos cuantos años- te mira, y tú le sonríes amablemente. Adentro, la caldera lleva apagada más años de los que has vivido; sin embargo, su imponencia te hace sentir más pequeño que de costumbre.
   Para tu sorpresa, en la azotea no hay nada, ni una sola botella aparte de la que tienes en la mano aún, tataranieta de la antigua caldera. “El edificio ha engendrado muchas botellas” pensaste, “aunque no es una botella”. Pero decides ser gota por última vez, y rodar un poco.

            Las gotas no hacen cosas drásticas, aparte de caer y desintegrarse, por supuesto.

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